La furia.
Fuego. Algo que quema y destruye. Una verdadera bomba de tiempo que quiere estallar cuando menos se espera. O tal vez sí se espera, pero no se desea. Aquella furia loca, la que me lleva a dañar cuanta alma se me cruce por delante. Aquella aparece de pronto cuando juzgo con la misma vara con la que me juzgo a mi. Cuando no todos hacen lo que espero. Cuando todo es injusto en mi subjetividad. Rabia es la que nace del corazón, la que duele y me lastima más que a todos los que lastima. Camino. Voy hiriendo y como un boomerang vuelve. Y recargada.
Es ladrón el enojo. En cada asalto se lleva algo de mí. Me quita mi escencia. Me empobrece. Pierdo la identidad. Maldita ira, siento ira de ti. De tu existencia. Y me averguenzo de tenerte a mi lado. Sal de aquí. Vete. ¿Eres droga? ¿Vendrá la sobredosis? Si día a día muero y duermo sin descanso. ¿Cuál es tu raíz? ¿Rencor? ¿Orgullo? ¿Un poco de todo? ¿Quién me sacará de este cuerpo de muerte? Ven, oh Dios. Rescátame. Perdóname. Humíllame. Sólo tú harás lo que nunca nadie ha hecho. Furia, por culpa de ti me desheredan. Ahora yo te digo: no me busques más, no te quiero.